Skip to main content

Quien Somos

Por Vyasa
     
   
     

Esta es una época en la que se habla mucho de espiritualidad. Y no sólo se habla de ella sino que también es buscada por muchos. Pocas veces había existido tanta energía enfocada hacia el centro del corazón de Dios, hacia su Silencio y Quietud eternos. Sin embargo, aun así, siguen siendo pocos los que se arriesgan a dar el salto al vacío para disolver miedos, sufrimientos, tristezas, culpas, angustias y proyecciones a una mejor vida en el futuro. La mayoría de los seres humanos “vive” dispersa en múltiples personalidades, emanadas de un “ego” que sólo desea ser aceptado por los demás. Jesús le llamó Beelzebul y sus domésticos. Y este “ego” no es real, pero se vive como si lo fuese. Nadie nació con él, nadie salió del vientre de su madre con esta creación del pensamiento y que es el pensamiento mismo. No existe ninguna diferencia entre el “ego”, el alma y los pensamientos. Los tres son en realidad lo mismo: una ilusión creada para jugar el juego maravilloso de la vida. Pero si no fuese por esta ilusión (los hindúes le llaman “Maya”), nunca podríamos llegar a tener una conciencia clara de lo que realmente somos.
 

Esto quiere decir que para alcanzar altos Estados de Conciencia debemos saber primero lo que no somos. Y cuando hablo de altos Estados de Conciencia me refiero a unos más claros y elevados que los tres en los que la gente experimenta la vida: despiertos, durmiendo y soñando. Hasta el mismo Cristo le decía a la gente: “Lo que yo soy son ustedes y más”. Es decir, todos somos Cristos, pero la diferencia entre Jesús y nosotros es que él lo vivía en Conciencia, ya experimentaba la vida en un Estado de Conciencia Unificado. Esto significa que ya vivía el Uno que somos y no la ilusión de la dualidad de la mente. Es por esto que decía que su mundo no era de este mundo, porque él ya había resucitado de entre los muertos. Para comprender esta frase tan lacónica de Jesús hay que recordar dos partes de la Biblia. Una, el Génesis. Recordemos que en el Paraíso hay muchos árboles, pero hay dos que son los más importantes: el del Conocimiento y el de La Verdad y la Vida. Del primero se dice que el que coma de su fruto conocerá la ciencia del bien y del mal y morirá. Del otro árbol es obvio su significado. Es el de la resurrección a la vida. Y recordemos estas palabras: “Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida; y pocos son los que lo encuentran”. Y perdición no significa en sí pecado, sino andar perdido en los pensamientos, identificado con sus historias, con las películas que nos cuentan todas sus voces. De todo esto hablo en un libro que escribí que se llama “Los árboles del paraíso”. Sin embargo, trataré de sintetizar toda esta idea en pocas páginas. La otra parte de la Biblia que hay que recordar es cuando un discípulo se le acerca al Cristo y le dice: “Te quiero seguir pero tengo que regresar a enterrar a mi padre” y él le responde: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”.
 

Con el primer ejemplo, el de los árboles del paraíso, es muy claro a qué muertos se refería Jesús: a nosotros, a los que creemos que estamos vivos y somos realmente la pura apariencia de la vida. Esto es así porque en la dualidad sólo se vive en una ilusión, todo lo que es dual no es real. Y si nos parece real, sólo lo es en el mundo de la ilusión de los sentidos. Si estamos siempre en dos tiempos muertos: el pasado y el futuro, entonces, estamos muertos, aunque esto sea sólo en apariencia. Además de que ahora las ciencias físicas saben que el átomo es en su mayoría puro vacío y que, por lo tanto, todo lo que tocamos es sólo la apariencia de la solidez, los seres humanos realmente nos morimos cuando empezamos a vivir la dualidad del tiempo pasado y del tiempo futuro. Esto es así porque si “vivimos” entre dos tiempos que no existen, que no han existido ni existirán nunca. Y esto significa, simple y sencillamente, que nosotros no existimos: estamos muertos. Sólo se está vivo en el tiempo presente, en el ahora, en el instante eterno y atemporal. El verdadero significado de la vida y del porqué de nosotros en ella, es el de despertar, el de salir de este estado de muerte y resucitar a la Vida. Es decir, emerger de la gran masa de muertos hacia lo que realmente somos. Y aquí surgen dos preguntas esenciales: ¿quién realmente somos? ¿Por qué estamos aquí en este juego de la ilusión?
 

 Para responder a estas dos preguntas trataré de aclarar muy bien lo que he llamado “Conciencia Adánica”, “Conciencia Évica” y “Conciencia Crística”. Recordemos primero que en ese maravilloso relato que es el Génesis, se dice que Dios creó al hombre del polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser vivo. Esto quiere decir que al llegar Adán a la vida estaba Vivo, sólo se dice que muere si come del árbol del conocimiento. Y esto se lo dice Dios no sólo a él sino también a Eva, su compañera en el paraíso. Y en éste los dos están desnudos y no se avergüenzan. Si llevamos esta historia a nosotros vamos a encontrar que realmente nosotros somos ese Adán cuando llegamos a la vida, todos estamos viviendo en Conciencia Adánica. Es decir, en inocencia, en pureza, en desnudez. Pero no desnudos físicamente sino vacíos, silenciosos, quietos, en gozo y en paz. Desnudos de historias y, por lo tanto, de voces en la cabeza. Por lo tanto, en el paraíso. Llegamos viviendo el Edén, pero no lo sabemos. Esto significa que la Conciencia Adánica es una Conciencia no vivida conscientemente. Adán no sabía que vivía en el paraíso hasta que comió del árbol de bien y del mal y fue expulsado de él. En pocas palabras: hasta que murió y empezó a “vivir” el juego de la ilusión.
 

Y quién es la responsable de que este juego haya comenzado: Eva o la Conciencia Évica. Es gracias a la cualidad femenina de la vida, que ésta comienza a ser el juego que todos jugamos. Si no fuese por ella no hubiera comenzado nada y todo fuese una Conciencia inconsciente, una masa informe y vacía. La vida y el universo o Dios, que es lo mismo, seguirían existiendo en la inconciencia. Tal y como nacemos cada uno de nosotros, sin saber quien somos. Vivimos en el paraíso pero sin saber que somos el Silencio, la Quietud, la Paz, el Gozo, el Amor, el Vacío pleno, la eternidad atemporal. Es entonces cuando Eva o la Conciencia Évica entra en el juego. En el Génesis es ésta la que le da a Adán a comer la manzana del árbol de conocimiento y los dos conocen la ciencia del bien y del mal y, por lo tanto, mueren al empezar a “vivir” en la ilusión de la dualidad. Son expulsados del paraíso. Si llevamos esta imagen a nosotros, la manzana es el lenguaje y, por lo tanto, Eva está representada por nuestros padres y todos los que nos rodean. Sé que todo esto puede sonar bastante absurdo para la mente, ya que ella es en sí la que nace con el lenguaje y también nace algo que se ha dado en llamar “programación interna”. Y es ésta última la que nos va expulsando poco a poco del paraíso de la desnudez en el que nacemos. Desnudos de palabras, de conceptos, de creencias, de historias, de proyecciones a vidas mejores. Es decir, desnudos de pasado y de futuro.
 

Un niño sólo vive en el ahora, aún no tiene vocecitas internas que le cuenten historias de pasados tristes, dolorosos, sufrientes, con culpas, remordimientos y a veces alegrías y éxitos. Ni que le digan que tendrá una vida mejor que la que vive. Él no entiende de pasados ni de futuro. Es por eso que dice: “mañana fui al parque”, “ayer voy a ir con mi mamá”. Se pierden en estos dos tiempos inexistentes. Sin embargo, a medida que vamos creciendo esta programación se va implantando drásticamente en nosotros, a tal grado, que llegamos a identificarnos con ella y a creer que somos ella. Empezamos a creer que somos los pensamientos y lo que pensamos. La cabeza se convierte en nuestro mundo y es en ella donde “vivimos” muertos porque ya no recordamos que somos el Silencio, la Quietud, la Paz, el Amor, el Gozo, el Vacío pleno, la Eternidad atemporal y comenzamos a creer que somos esas vocecitas que nos cuentan la historia de lo que fuimos y somos y hacia donde nos dirigimos. Es decir, estamos identificados con lo que no somos y ya olvidamos lo que realmente somos. Y lo más increíble de todo esto es que nos empezamos a identificar con una multitud de personajes creados por el que antes llamaban diablo y ahora ego. Y esas múltiples personalidades controlan nuestras vidas. El ego se va vistiendo con cada una de ellas de acuerdo al lugar en el que esté y con quien esté. Y sólo para ser aceptado, para ser amado, para ser aplaudido, para ser parte de los muertos de la tierra. Y es entonces cuando creemos que somos el doctor, el ingeniero, el millonario, el pobre, el miserable, el ratero, el mecánico, el violador, el criminal, etc. Antes creíamos que éramos el pirata, el verdugo, el inquisidor, el faraón, etc. Hemos venido cambiando de personajes en muchas de nuestras manifestaciones en la vida y nos los hemos creído todos.
 

De eso se trata el juego: de creer que es real y de tomarlo en serio. Y sin embargo, todos esos personajes con los que hemos jugado son ficticios y, por lo tanto, pasajeros. No son reales y los vivimos como si lo fueran. Y ahora una pregunta: ¿cómo se sale de este juego de la ilusión? Aquí es donde entra en el partido la otra Conciencia, la Crística. Volvamos al Génesis. Recordemos de nuevo que hay muchos árboles pero existen dos que son los principales: el Árbol del Conocimiento y el Árbol de la Verdad y la Vida. Y recordemos también unas palabras de Jesús cuando dijo: yo soy la Verdad y la Vida. Es decir, él, como el Cristo, es el otro árbol y es por eso que también dice que es el camino y que es a través de él que se regresa. ¿A dónde se regresa? Al paraíso, al niño inocente, a la desnudez, al Silencio, a la Quietud, a la Paz, al Gozo, al Amor, al Vacío pleno, a la Eternidad atemporal. En pocas palabras: se resucita a la Vida. Y es por eso mismo que se dice que Él resucitó de entre los muertos y que su mundo ya no es de este mundo del dolor, del sufrimiento, de las culpas, de los remordimientos, del gozo efímero, de la dualidad. Él ya es Uno con su Padre. Es decir, Uno con la vida, Uno con el Universo, Uno con todo lo existente. Ya Vive en Conciencia unificada, o sea en la Conciencia que está en todo y es todo lo que existe. Y una de sus expresiones más bellas fue cuando dijo: “lo que yo soy son ustedes y más”.
 

Ahora lo que tenemos que hacer es encontrar el camino para retronar a la casa llamada Paraíso y éste está en nosotros, también el camino, no los busquen afuera. Y lo más bello de todo es que existen las llaves para entrar a esta casa y vivirla. Él le llamaba “El Reino de los Cielos” y dijo que está dentro de cada uno y se le ha estado buscando más allá del manto azul. Es por esto que dice en el Evangelio de Tomas: “Si les dicen que Dios está en los cielos, las aves les van a ganar. Si les dicen que está en el mar, los peces les van a ganar. Porque Él está en ustedes y en todas partes”. Y esto es lo que realmente somos…

 

Vyasa Ishaya es el nombre de monje de Ciprián Cabrera Jasso, quien ha publicado, con este último nombre, más de 40 libros en todos los géneros literarios: poesía, cuentos, novelas, ensayos, obras de teatro, dos guías turísticas (una sobre el estado de Tabasco y otra sobre La Ruta Maya), una antología de poesía mexicana y un estudio de las áreas protegidas de la biosfera en el sureste mexicano. Con su nombre de monje ha publicado el libro “Dios y Maya Ilusión” en la editorial Gaia de España y ya tiene entregados: “Los árboles del paraíso”, “El suicidio y la ilusión de morir” y “El verdadero viaje a casa”. Tiene escritos, además, “Cartas desde el alma de la luz”, “La Conciencia silenciosamente quieta del ahora eterno”, “Dios y la divina amnesia” y “Hay pensamientos que pesan y hunden”.

 
Share |